Estoy sentado en un rústico banco de madera (el de la foto que tomó Vanessa Schwark), llegamos de la playa hace 1 hora, el regreso como es común con viento y olas. Me he cambiado de ropa, y estoy el aviso para ir a tomar onces-comidas. Cierro los ojos y trato de concentrarme sólo en el sonido o en su defecto en la ausencia de éste. “Siento” el ruido de las ramas de los árboles movidas por el viento, las abejas, el ruido del sisear de los saltamontes en la hierba, alcanzo a escuchar voces a la lejanía (el aire es tan puro que es posible escuchar o distinguir sonidos a grandes distancias); que sensación más reconfortante y agradable ésta, esperando el teñir de la campana (un cencerro que ocupa el ganado en las montañas suizas) avisándonos que era hora de cenar. Dios mío que delicia me estoy quedando dormido, estoy embriagado de perfumados olores, y de sensaciones de paz y quietud que no encontraré en la ciudad con todo su bullicio. Empiezo a comprender el tranquilo estilo de vida en el campo, sin prisas, sin presiones.
Creo que ese estilo de vida es una de las razones o factor primordial de la longevidad de las personas que viven en el campo; enfrentarán otro tipo de problemas pero creo firmemente que no deben sufrir de estados de stress comparados a la gente que vive en grandes ciudades, sumado además al factor de contaminación ambiental…
A comer, a comer, esta servido…
Me levanto aún adormilado y embriagado por todos estas sensaciones y sentimientos, entro a la casa y me siento a la mesa, algunos de mis primos se han duchado y puesto pijama, yo aún no todavía, ya que tengo una invitación a pescar que no voy a rechazar…




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