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Jul
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Lluvia

Me despierto agitado, aún tengo pesadillas, no tengo “estómago” para presenciar el sacrificio de animales, tanta sangre me hace vomitar (incluso en los videojuegos). Escucho el caer de la lluvia sobre el tejado de la casa, afuera los árboles inmóviles y oscuros aportan con el característico sonido del agua que golpea en la madrera y en las hojas, el camino de ripio también porta con lo suyo. Intento dormirme nuevamente, es imposible, voy a hurtadillas hasta la despensa y hurto un yogurt al cual le agrego miel (estrictamente prohibido, al igual que la mermelada) y me acurruco en el sillón que ocupaba mi abuelo Carlos (el mismo en que aparezco en la imagen de este blog), aún quedan algunas brasas en la chimenea y la lluvia sigue golpeando con armonioso compás el techo. Con el tic tac del reloj del living comienzo a quedarme dormido nuevamente, cierro los ojos, otras imágenes llenan mi mente, pero ya no llueve, me encuentro pescando junto a mi abuelo Carlos. Una luz cegadora alumbra la estancia y un ruido ensordecedor me despierta del todo, ha comenzado una tormenta eléctrica (mis favoritas) y en un par de minutos siendo cerca de las 5 a.m. el living se llena de familiares para apreciar este magno espectáculo de la naturaleza.
Aún ahora cuando llueve evoco esos agradables recuerdos de mis vacaciones y de aquel sonido de la lluvia sobre el tejado de alerce de “La Querencia” en el fundo Puntiagudo el cual no visito hace 8 años (desde el nacimiento de mi hijo mayor).

* Fotografía: Vanessa Schwark


1 Respuesta a “Lluvia”


  1. 1 Francisco Reusser
    Noviembre 8, 2008 a las 10:30

    Cosa curiosa, hay algo mágico en la lluvia cuando es en el campo, no sé si es por el ruido que hace la lluvia al pasar por las hojas de los árboles y después caer sobre el tejado de madera, escucharla mientras caminas por los pastizales, o por el ambiente o atmósfera “especial” que tiene el campo. Aquí en la ciudad la lluvia no me parece nada en especial, solo calles anegadas, autos y microbuses salpicándote (si no te empapan entero) y gente corriendo por las calles, no existe ese “romanticismo” que debería producir en nosotros una vida menos agitada y que se pierde en las grandes y modernas ciudades.


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