Tengo una confesión terrible que hacer, en este mundo en que las drogas se venden a la vuelta de la esquina, en que muchos jóvenes deambular en estado de ebriedad, tengo que confesar públicamente mi vicio: El gusto enfermizo por el consumo de queso. No importa si es Mozzarella, Camembert, Edam, Cheddar, Gruyère, Roquefort, Red Leicester, Raclette, Epoisses, Stinking Bishop, Chavignol, Brie, Gjetost, Froimage frais, Single Gloucester, Parmesano, Gauda o Chanco.
Hace un par de meses asistí a un matrimonio en Viña del Mar, y debo confesar que práticamente me apoderé de la tabla de quesos, una vez consumados los hechos (o comido los quesos) y cuando empezó el “bailoteo”, me pude apoderar de varias tablas de quesos más que quedaron abandonadas a su suerte en las distintas mesas, introduciéndome en los bolsillos del terno aquellos pedazos que no pude comer en ese instante, aprovechando después de comerlos mientras bailaba con mi señora, para gran espanto suyo.
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