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La vida de campo

Estoy sentado en un rústico banco de madera (el de la foto que tomó Vanessa Schwark), llegamos de la playa hace 1 hora, el regreso como es común con viento y olas. Me he cambiado de ropa, y estoy el aviso para ir a tomar onces-comidas. Cierro los ojos y trato de concentrarme sólo en el sonido o en su defecto en la ausencia de éste. “Siento” el ruido de las ramas de los árboles movidas por el viento, las abejas, el ruido del sisear de los saltamontes en la hierba, alcanzo a escuchar voces a la lejanía (el aire es tan puro que es posible escuchar o distinguir sonidos a grandes distancias); que sensación más reconfortante y agradable ésta, esperando el teñir de la campana (un cencerro que ocupa el ganado en las montañas suizas) avisándonos que era hora de cenar. Dios mío que delicia me estoy quedando dormido, estoy embriagado de perfumados olores, y de sensaciones de paz y quietud que no encontraré en la ciudad con todo su bullicio. Empiezo a comprender el tranquilo estilo de vida en el campo, sin prisas, sin presiones.
Creo que ese estilo de vida es una de las razones o factor primordial de la longevidad de las personas que viven en el campo; enfrentarán otro tipo de problemas pero creo firmemente que no deben sufrir de estados de stress comparados a la gente que vive en grandes ciudades, sumado además al factor de contaminación ambiental…

A comer, a comer, esta servido…

Me levanto aún adormilado y embriagado por todos estas sensaciones y sentimientos, entro a la casa y me siento a la mesa, algunos de mis primos se han duchado y puesto pijama, yo aún no todavía, ya que tengo una invitación a pescar que no voy a rechazar…

En la nieve

¿Quieres chocolate caliente para pasar el frío?

Hace frío, cierro los ojos y escucho el pasar de camiones y vehículos, escucho gente que conversa, risas, el ruido de trineos deslizándose por los faldeos de la montaña, voces lejanas, el motor de un helicóptero me hace abrir los ojos y mirar hacia el cielo, un helicóptero Super Puma camuflado con esquís en sus ruedas pasa raudo con su ensordecedor ruido de motores por sobre mi cabeza. Cierro nuevamente los ojos, un rico aroma a chocolate caliente inunda mis fosas nasales y la voz vuelve a preguntarme un vez mas: “¿Quieres chocolate caliente para pasar el frío?”

¿Por qué viene la gente a la nieve? Será un viejo instinto primitivo que aún conservamos, algún recuerdo dormido de una época glaciar que nos hace volver no tan solo a practicar un deporte, sino que respondemos a un profundo instinto animal de reencontrarnos con este medio ambiente?, ¿será que aún conservamos memoria genética de nuestros ancestros?, porque seamos francos para ir a cagarse de frío, mojarse, resbalarse, y quemarse (producto del intenso reflejo del sol en la nieve) hay que tener un llamado interior muy intenso, un amor a los climas extremos y a la montaña, al aire puro, al asombro por los fenómenos climáticos y a la simplicidad de la vida, a la adaptación del ser humano a condiciones extremas, a la voluntad de dominar a la naturaleza. La nieve es será para muchos un motivo de alegría, de juego, de deporte, de esparcimiento, para otros lamentablemente motivo de sacrificio, sufrimiento, y de muerte (ver tragedia de Antuco), para mí particularmente mientras tomo chocolate caliente junto a mi señora, disfruto interiormente al ver como mi hijo mayor no descansa en deslizarse una y otra vez por la nieve mientras mi niño interior también se desliza por los faldeos del cerro, que experiencia mas fascinante la de estar en la nieve.

Son cerca de las 21:00 horas y hemos bajado a pasear con nuestras linternas, no hace frío, por lo que es más grata aún la noche. Los zancudos y mosquitos abundan a esa hora sobre todo en la superficie del lago (para gran placer de los peces). El sol ya ha teñido los cielos de colores, y el cerro “Tronador” se ha despedido de su color rosado, ya se puede empezar a escuchar el croar de las ranas y los grillos (contaban las crónicas familiares que cuando chico no podía dormir hasta que me sacaran los grillos de la pieza).

El lago está calmo y sólo se escucha el suave golpear del agua sobre los escalones de madera del muelle y a lo lejos los cánticos de Taguas y Hualas. La noche ya está devorando el firmamento y un sinfín de estrellas está poblando el cielo cristalino y diáfano. La oscuridad prácticamente es casi absoluta si no se cuenta con la luna llena; apuramos el paso y encendemos nuestras linternas para llegar a casa, pasando entre las sombras fantasmales de los arbustos y árboles, al final todo cambia, hace irrupción un paisaje bello y misterioso que hace gala de todo su esplendor y somos unos de los pocos testigos de esta belleza nocturna que muchos no reparan con el ajetreado modo de vida de ciudad que llevamos.

PS: La autora de la fotografía corresponde a Vanessa Schwark y tiene otras muy hermosas en: http://www.olhares.com/vschwark

Fotografía

Una fotografía vale más que 1000 palabras, dice el refrán, yo creo que como decían antiguamente que una fotografía captura el alma de la persona, y congela paso del tiempo. Extraño las reuniones en casa de mi abuelo Carlos Franck, en que nos sentábamos en el living después de onces comidas a ver diapositivas (todo un ritual), comentando en que circunstancias había sido tomada la foto, riéndonos de las caras y de los protagonistas, recuerdo las vergonzosas fotos de cabro chico, y darse cuenta como con el pasar de los años van cambiando los paisajes y las personas.
Para mí la fotografía plasma así sentimientos, estados de humor, momentos curiosos e irrepetibles, sucesos extraordinarios y ordinarios, en resumen un momento de la vida de cada uno de nosotros que ya no volverá a repetirse, un instante siempre cambiante, un momento que puedes congelar para disfrutar.
Adjunto algunos ejemplos que han sido plasmados por por Dag von Ungern y Vanessa Schwark que tienen un hermoso registro fotográfico y dan fe de lo que hablo.

Lluvia

Me despierto agitado, aún tengo pesadillas, no tengo “estómago” para presenciar el sacrificio de animales, tanta sangre me hace vomitar (incluso en los videojuegos). Escucho el caer de la lluvia sobre el tejado de la casa, afuera los árboles inmóviles y oscuros aportan con el característico sonido del agua que golpea en la madrera y en las hojas, el camino de ripio también porta con lo suyo. Intento dormirme nuevamente, es imposible, voy a hurtadillas hasta la despensa y hurto un yogurt al cual le agrego miel (estrictamente prohibido, al igual que la mermelada) y me acurruco en el sillón que ocupaba mi abuelo Carlos (el mismo en que aparezco en la imagen de este blog), aún quedan algunas brasas en la chimenea y la lluvia sigue golpeando con armonioso compás el techo. Con el tic tac del reloj del living comienzo a quedarme dormido nuevamente, cierro los ojos, otras imágenes llenan mi mente, pero ya no llueve, me encuentro pescando junto a mi abuelo Carlos. Una luz cegadora alumbra la estancia y un ruido ensordecedor me despierta del todo, ha comenzado una tormenta eléctrica (mis favoritas) y en un par de minutos siendo cerca de las 5 a.m. el living se llena de familiares para apreciar este magno espectáculo de la naturaleza.
Aún ahora cuando llueve evoco esos agradables recuerdos de mis vacaciones y de aquel sonido de la lluvia sobre el tejado de alerce de “La Querencia” en el fundo Puntiagudo el cual no visito hace 8 años (desde el nacimiento de mi hijo mayor).

* Fotografía: Vanessa Schwark

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